
Las garrapatas son mucho más que un pequeño arácnido desagradable: son vectores biológicos altamente especializados capaces de transmitir bacterias y protozoos directamente a la sangre de tu perro. Durante la alimentación, insertan su aparato bucal —el hipostoma, una especie de estilete dentado— y liberan saliva con sustancias anestésicas e inmunomoduladoras que bloquean el dolor y la inflamación. Gracias a este “cóctel bioquímico”, pueden alimentarse durante muchas horas sin ser detectadas, mientras introducen discretamente Babesia, Ehrlichia, Borrelia, Rickettsia o Hepatozoon en el organismo del animal.
En estudios de ciencia ciudadana realizados en el norte de Europa, se vio que más del 80 % de las garrapatas enviadas a los laboratorios procedían de perros y gatos, y que aproximadamente un 17 % de esas garrapatas portaban al menos un patógeno como Borrelia o Rickettsia. Esto confirma que los animales de compañía funcionan como auténticos “aspiradores biológicos” de garrapatas del entorno y como centinelas de la circulación de enfermedades en una región (Sormunen et al., 2025, ).
En España, un estudio multicéntrico con 4.643 perros de 111 clínicas demostró que más de uno de cada cinco perros (22,14 %) estaba infectado por al menos una enfermedad vectorial (dirofilariosis, leishmaniosis, anaplasmosis o ehrlichiosis), y que la infección por Ehrlichia canis alcanzaba el 4,26 % de los animales analizados. Además, las coinfecciones no son una rareza estadística: una proporción nada desdeñable de los perros positivos estaba infectada por dos o incluso tres patógenos a la vez, lo que complica tanto el cuadro clínico como las decisiones terapéuticas.
En un hospital veterinario de Portugal se evaluaron durante diez años 1.169 perros y gatos con sospecha de hemoparasitosis. Se realizaron 3.791 pruebas y 437 animales resultaron positivos al menos a uno de los cuatro hemoparásitos estudiados (Rickettsia conorii, Babesia canis, Ehrlichia spp., Haemobartonella spp.). La prevalencia pasó de 29,5 % en el periodo 2015–2019 a 39,9 % entre 2020–2024, lo que sugiere que la circulación de vectores y patógenos está creciendo en el tiempo, no disminuyendo.
A nivel global, una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 estimó que la prevalencia mundial de babesiosis canina es de aproximadamente 12 %, con Europa a la cabeza con un 20,7 %, y que Babesia canis es la especie más prevalente con una frecuencia cercana al 21,6 %. Este nivel de circulación confirma que las babesiosis deben considerarse una de las primeras sospechas cuando un perro con exposición a garrapatas presenta anemia y signos sistémicos.
Con estos datos en mente, resulta lógico ordenar las enfermedades transmitidas por garrapatas de más peligrosa y relevante a menos frecuente o menos grave, empezando por la babesiosis y terminando en la hepatozoonosis, sin olvidar que todas merecen ser tomadas en serio desde la perspectiva clínica.
En la babesiosis canina, protozoos del género Babesia —sobre todo Babesia canis en Europa— invaden los eritrocitos y los destruyen desde dentro, desencadenando una anemia hemolítica que puede ser fulminante. Se considera una enfermedad con impacto clínico severo, ya que puede progresar a fallo renal agudo, alteraciones neurológicas o síndrome de respuesta inflamatoria sistémica.
El metaanálisis global ya citado sitúa la prevalencia media de babesiosis canina en 0,120 (12 %), con un pico europeo de 0,207 (20,7 %), y una prevalencia de Babesia canis cercana al 21,6 %. Estas cifras colocan a la babesiosis en el centro del mapa de enfermedades vectoriales caninas en Europa.
En Europa, la transmisión está ligada principalmente a garrapatas como Dermacentor reticulatus y, en algunas zonas, a Rhipicephalus sanguineus. En España se han detectado ADN de Babesia canis y Hepatozoon canis en garrapatas recogidas de perros en distintas regiones, lo que confirma la circulación simultánea de varios agentes en los mismos vectores.
En un parque periurbano del Reino Unido se monitorizaron perros con GPS mientras paseaban y se cuantificó el riesgo de infestación por garrapatas. El estudio mostró que el factor de riesgo más importante no era la ruta exacta ni la duración del paseo, sino la frecuencia: los perros que acudían al parque cuatro o cinco veces por semana tenían una probabilidad significativamente mayor de traer garrapatas de vuelta a casa que los que visitaban ese entorno una vez al mes. Este hallazgo recalca que la exposición repetida, incluso en entornos periurbanos aparentemente “controlados”, aumenta de forma notable el riesgo de babesiosis y otras enfermedades vectoriales.
Clínicamente, el perro puede presentar fiebre alta, mucosas muy pálidas o amarillentas (ictericia) y orina oscura por hemoglobinuria. La intolerancia al ejercicio es marcada, y tareas cotidianas como subir escaleras o jugar unos minutos provocan agotamiento inmediato. De hecho, en muchos perros que viven en zonas rurales, la primera señal de piroplasmosis no es la fiebre ni la anemia, sino que “ya no quiere jugar como antes” o se queda atrás en el paseo. Ese cambio sutil en la energía diaria suele llegar varios días antes de que la orina se oscurezca o las mucosas se vuelvan pálidas. En cuadros complicados pueden aparecer signos de fallo renal agudo y alteraciones de la coagulación. En todos estos casos, el tratamiento específico —habitualmente con imidocarb dipropionato— se combina con fluidoterapia y, si es necesario, transfusiones para sostener al animal hasta que la parasitemia se controle.
Si tu perro ha tenido piroplasmosis alguna vez, conviene ser especialmente estricto con la prevención frente a garrapatas el resto de su vida. Muchos perros que han pasado por una babesiosis quedan algo “tocados” a nivel inmunitario o renal, y una nueva infección, aunque sea leve, puede descompensarles con mucha más facilidad que a un perro que nunca la ha sufrido.
Desde el punto de vista del tutor, acciones tan simples como revisar el pelaje tras un paseo, detectar y retirar manualmente garrapatas, y observar cualquier cambio en el color de las mucosas u orina son herramientas potentísimas para adelantar el diagnóstico y mejorar el pronóstico.
La ehrlichiosis canina está causada por Ehrlichia canis, una bacteria intracelular que invade los monocitos y distorsiona el funcionamiento del sistema inmunitario. Se transmite principalmente por la garrapata marrón del perro, Rhipicephalus sanguineus, una especie extremadamente adaptada a convivir con el perro incluso en interiores y cheniles. Un trabajo clásico en Castilla y León mostró una seroprevalencia del 19,2 % de E. canis en perros de esa comunidad, con un impresionante 53,3 % en la provincia de Salamanca, especialmente en perros de campo y guarda.
El estudio estatal más reciente, con 4.643 perros, confirmó que el 4,26 % de los animales presentaban anticuerpos frente a Ehrlichia canis y que las enfermedades vectoriales se distribuyen por todas las comunidades autónomas.
La enfermedad suele avanzar en tres fases. En la fase aguda, aparecen fiebre, apatía, falta de apetito y trombocitopenia (bajada de plaquetas), que se manifiesta con hematomas, sangrado nasal o pequeños puntos rojos en mucosas.. de hecho, uno de los signos que más sorprende a los propietarios es la aparición de pequeños puntos rojos o moraditos en las encías o en la piel del vientre. No son “piquetes” sin importancia: son minihemorragias por la caída de plaquetas. Cuando se detectan a tiempo, muchas veces permiten diagnosticar la enfermedad en fase aguda, antes de que se vuelva crónica. En la fase subclínica, el perro puede parecer totalmente normal mientras la bacteria se esconde en órganos como bazo y médula ósea. En la fase crónica, la ehrlichiosis puede desembocar en anemia grave, pérdida de peso, uveítis, infecciones secundarias recurrentes e incluso fallo orgánico.
Estudios sobre el cumplimiento del tratamiento preventivo en propietarios de perros han demostrado que, aunque la mayoría reconoce la importancia de proteger a su animal durante todo el año, en la práctica muchos aplican los productos menos meses de los recomendados por sus veterinarios. En un trabajo con 559 propietarios en 24 clínicas, se vio que los tutores protegían a sus perros una media de 1,4 meses menos al año de lo que se aconsejaba para un control óptimo. Esta brecha entre recomendación y práctica real contribuye a mantener activa la transmisión de Ehrlichia y otros patógenos.
En un perro que ha pasado ehrlichiosis, cualquier futura cirugía (limpieza dental, esterilización tardía, extracción de un bulto, etc.) conviene planificarla con una analítica previa que incluya plaquetas. Aunque el perro esté clínicamente bien, un recuento bajo puede cambiar por completo la forma de anestesiarlo y el tipo de monitorización que se le hará durante el procedimiento.
En cuanto al tratamiento, la doxiciclina durante al menos 28 días es el antibiótico de elección, y la adherencia completa al protocolo es clave. En fases crónicas o con complicaciones inmunomediadas puede ser necesario añadir soporte transfusional o inmunomodulador, siempre con una valoración muy cuidadosa del balance riesgo–beneficio. Dentro de casa, revisar camas, mantas, sofás y casetas, especialmente en primavera y verano, ayuda a detectar la presencia de garrapatas que esperan un nuevo hospedador.
La enfermedad de Lyme en perros está causada por bacterias del complejo Borrelia burgdorferi sensu lato, transmitidas principalmente por la garrapata Ixodes ricinus. Se sabe que la transmisión efectiva de la bacteria a menudo requiere que la garrapata permanezca adherida durante 24–48 horas.
En un gran estudio de seroprevalencia en perros europeos se describieron tasas de positividad a Borrelia en torno al 2–3 % en promedio, con variaciones regionales importantes alineadas con la distribución de Ixodes ricinus.
En el perro, la borreliosis se manifiesta con cojera migratoria (la pata dolorida cambia con el tiempo), febrícula, rigidez y molestia articular, e incluso cuadros de nefritis asociada a Borrelia en algunos casos, por depósitos de complejos inmunes en el glomérulo renal. En humanos, la misma bacteria puede causar el típico eritema migratorio en diana, fatiga crónica y trastornos neurológicos si no se trata en fases tempranas.
Los perros que viven en zonas de riesgo de Lyme no solo son pacientes, también son “sensores vivos” del entorno. Cuando en una zona se empiezan a diagnosticar perros con borreliosis, suele aumentar el interés en la población humana por la enfermedad de Lyme y se mejora la información sobre ropa adecuada, retirada correcta de garrapatas y vigilancia de eritemas en diana en personas.
Desde la perspectiva práctica del tutor, cualquier paseo por zonas de hierba alta o bosques en áreas donde exista Ixodes ricinus conlleva riesgo. La mejor herramienta preventiva es la combinación de antiparasitarios eficaces y una revisión manual del pelaje al volver a casa. Cuando se detecta una garrapata adherida, hay que retirarla con un gancho extractor, sujetando lo más cerca posible de la piel, traccionando suavemente sin girar ni usar productos irritantes, y desinfectando después la zona.
En casos de cojeras inexplicadas que no se deben a traumatismos obvios, sobre todo si el perro ha tenido garrapatas en las últimas semanas, vale la pena comentar con el veterinario la posibilidad de realizar test serológicos para enfermedad de Lyme. Un tratamiento con doxiciclina de varias semanas, instaurado de forma temprana, suele mejorar mucho el pronóstico.
Las rickettsiosis en perros están causadas por bacterias del género Rickettsia, siendo Rickettsia conorii una de las más relevantes en el área mediterránea, también implicada en la fiebre botonosa mediterránea en humanos. Estas infecciones pueden cursar con fiebre elevada, anorexia, letargo, linfadenopatía (ganglios inflamados) y, en ocasiones, lesiones cutáneas o alteraciones hematológicas como trombocitopenia y anemia leve.
En España se han detectado distintas especies de Rickettsia en garrapatas recogidas sobre perros, lo que indica que estos animales actúan como hospedadores relevantes en el ciclo de transmisión.
Aunque muchos casos en perros pueden pasar desapercibidos o confundirse con una “gripe canina”, la rickettsiosis adquiere importancia especial cuando el animal convive con niños pequeños, personas mayores o inmunodeprimidas, ya que el entorno es compartido y algunas rickettsias son zoonóticas. En la práctica, si un perro con antecedentes de garrapatas presenta fiebre mantenida varios días, apatía notable y análisis de sangre con plaquetas bajas, es razonable que el veterinario incluya rickettsiosis en el diagnóstico diferencial y valore un tratamiento empírico con doxiciclina, que es también la terapia de referencia en humanos.
Aunque la rickettsiosis en perros suele ser menos llamativa que la piroplasmosis o la ehrlichiosis, en casas donde conviven personas mayores, niños pequeños o inmunodeprimidos es recomendable tomarla muy en serio. Mantener al perro bien protegido frente a garrapatas es una forma indirecta de proteger también a la familia, especialmente en áreas mediterráneas.
Para el tutor, la medida más eficaz sigue siendo limitar al máximo el contacto con garrapatas mediante antiparasitarios regulares, revisar el pelaje del perro y no permitir que duerma en zonas muy infestadas como cobertizos desordenados, trasteros con mucha humedad o montones de leña sin revisar.
La hepatozoonosis canina está causada fundamentalmente por Hepatozoon canis en el área mediterránea. A diferencia de las enfermedades anteriores, aquí el perro no se infecta por la picadura, sino al ingerir una garrapata infectada, ya sea al morderse por picor o al tragar pequeñas presas parasitadas. El parásito invade leucocitos y musculatura, generando fiebre intermitente, pérdida de peso, debilidad y, en algunos casos, dolor muscular.
En un estudio molecular realizado en perros abandonados en el sureste de España, se detectó Hepatozoon canis en un 13 % de los perros analizados por PCR, a menudo en coinfección con otros hemoparásitos .
Aunque muchas infecciones pueden ser subclínicas, en perros debilitados o coinfectados con otros patógenos vectoriales la hepatozoonosis puede contribuir a un cuadro inflamatorio crónico, con anemia, pérdida progresiva de masa muscular y disminución de la tolerancia al ejercicio.
En el caso de los gatos, empieza a describirse con más frecuencia la citauxzoonosis felina en Europa: un estudio tipo caso-control mostró que muchos gatos infectados por Cytauxzoon spp. estaban subclínicos, mientras que un porcentaje menor desarrollaba enfermedad grave, lo que refuerza el papel del gato como posible reservorio silencioso de ciertos hemoparásitos transmitidos por garrapatas.
Para reducir el riesgo de hepatozoonosis, conviene evitar que el perro coma pequeños animales muertos o restos de caza y vigilar comportamientos de lamido o mordisqueo excesivo por picor en zonas con garrapatas. La higiene ambiental, sin acumulación de restos orgánicos que atraigan pequeños mamíferos, también ayuda a cortar el ciclo.
Coinfecciones: cuando una sola garrapata trae varios problemas
La realidad de campo confirma que las garrapatas no suelen venir solas ni en sentido figurado. En el estudio español de Montoya-Alonso et al. (2020) se observó que una parte significativa de los perros positivos presentaban coinfecciones, es decir, combinación de dos o más patógenos vectoriales.
Además, en garrapatas recogidas en toda la península se detectaron simultáneamente ADN de Babesia canis, Hepatozoon canis y otros piroplásmidos, lo que demuestra que una misma garrapata puede actuar como “cóctel infeccioso”.
Nota práctica – Hepatozoonosis y coinfecciones
La hepatozoonosis, por sí sola, a veces da síntomas muy discretos; donde realmente se complica el cuadro es cuando viene acompañada de otra enfermedad de garrapatas (como babesiosis o ehrlichiosis). Un perro que “no termina de recuperarse” de una piroplasmosis, pese a haber recibido tratamiento correcto, puede esconder una hepatozoonosis de fondo que explique esa debilidad crónica.
En la práctica clínica, esto significa que un perro con fiebre, anemia, sangrados y cojeras puede estar sufriendo babesiosis y ehrlichiosis a la vez, o combinar babesiosis con hepatozoonosis y leishmaniosis, haciendo que el cuadro clínico sea más grave y la recuperación más lenta. Por eso, en perros con signos sistémicos complejos y exposición clara a garrapatas, tiene mucho sentido solicitar perfiles diagnósticos ampliados en lugar de buscar un único agente.
Prevención integral: pequeñas rutinas, gran impacto
La mejor forma de proteger a tu perro frente a babesiosis, ehrlichiosis, borreliosis, rickettsiosis y hepatozoonosis no es una sola medida milagrosa, sino un conjunto de hábitos sencillos mantenidos en el tiempo. Las guías europeas ESCCAP recuerdan que garrapatas como Ixodes ricinus, Dermacentor reticulatus y Rhipicephalus sanguineus están ampliamente distribuidas por Europa —España incluida— y que la prevención debe plantearse durante todo el año, adaptando el protocolo a la zona y al estilo de vida del perro.
Aplicar antiparasitarios externos eficaces con la frecuencia exacta recomendada, revisar el pelaje tras los paseos y mantener el entorno (jardín, cheniles, casetas) limpio y desbrozado son decisiones que, sumadas, reducen de forma drástica la probabilidad de que tu perro desarrolle alguna de estas enfermedades. Convertir la revisión en un ritual agradable —un rato de caricias y exploración tranquila al llegar a casa— no solo fortalece el vínculo, sino que puede ser la diferencia entre detectar una garrapata a tiempo o descubrir meses después una enfermedad grave.
Referencias y enlaces para consulta
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