
La leishmaniosis canina es una enfermedad compleja y silenciosa, capaz de ocultarse durante meses o años antes de mostrar sus verdaderas intenciones. Este comportamiento evanescente hace que la rapidez y la precisión en el diagnóstico sean factores determinantes para el pronóstico del animal. Detectarla pronto puede garantizar una vida larga y sin grandes alteraciones. Descubrirla tarde, por el contrario, puede significar convivir con daños orgánicos irreversibles que comprometan gravemente la salud del perro.
A nivel global, se estima que la leishmaniosis canina es endémica en alrededor de 50 países, afectando principalmente a la cuenca mediterránea y a ciertas regiones de Sudamérica. En el área mediterránea, diferentes estudios sitúan la seroprevalencia de infección por Leishmania infantum entre el 5 % y el 30 % de la población canina, según la zona y las condiciones ecológicas, e incluso por encima del 20 % en algunos focos concretos de España e Italia.
Viajando con tu perro: un 7–10% de riesgo si no usas medidas de protección
Modelos matemáticos que simulaban perros de países no endémicos viajando al Mediterráneo estimaron que, sin protección, la probabilidad media de que un perro se infecte tras un viaje a zona endémica ronda el 7,8–10,7%, dependiendo del escenario. Cuando se combina vacuna + repelente en el 80–100% de los perros viajeros, el riesgo se desploma más de un 90%.
Fuente: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC9507251/
Sin embargo, la proporción de perros que desarrollan enfermedad clínica suele ser claramente menor a la de infectados: en muchas series, menos del 10 % de los perros seropositivos presentan signos clínicos en un momento dado, lo que refleja la enorme importancia de los portadores subclínicos.
Por eso, el veterinario debe convertirse en un estratega: diagnostica, trata, sigue de cerca y protege frente a nuevos ataques del parásito Leishmania infantum. En Clínica Veterinaria Eurovet, por ejemplo, recomendamos que cualquier perro que viva o viaje a zonas de riesgo se someta a controles preventivos anuales, incluso cuando aparentemente esté sano, porque la ausencia de síntomas nunca garantiza la ausencia del parásito.
El diagnóstico de la leishmaniosis no se apoya en un único resultado, sino en la integración de toda la información disponible. La serología mediante ELISA o IFI constituye uno de los pilares iniciales del diagnóstico porque mide la cantidad de anticuerpos específicos frente a la Leishmania. Cuando esos valores son muy elevados, suele existir un cuadro clínico activo, aunque no todos los perros con un test serológico positivo están realmente enfermos; algunos solo revelan haber estado en contacto con el parásito.
Hoy en día existen test rápidos de anticuerpos (tipo SNAP® o tests POC con antígenos recombinantes) que permiten saber en 8–10 minutos, en la misma consulta, si un perro tiene anticuerpos frente a Leishmania infantum. En un estudio reciente, un test inmunocromatográfico de punto de atención mostró sensibilidades y especificidades elevadas, comparables a la IFI de laboratorio, lo que facilita mucho el cribado de perros aparentemente sanos en zonas endémicas o antes de viajar.
Diversos trabajos han mostrado que en zonas endémicas el porcentaje de perros seropositivos sin signos clínicos puede superar con facilidad el 70–80 % de los infectados, lo que obliga a interpretar la serología siempre en combinación con la clínica, las analíticas y el contexto epidemiológico.
Cuando se necesita precisión adicional, la PCR entra en escena. Esta técnica de biología molecular detecta directamente el ADN del parásito en muestras como sangre, médula ósea o ganglios linfáticos, y es particularmente valiosa en fases subclínicas o en situaciones donde la enfermedad se sospecha pero la serología permanece baja. En la práctica clínica diaria, esta prueba supone una gran tranquilidad para el propietario que desea una respuesta rápida a la incertidumbre.
Finalmente, la citología o la biopsia aportan una prueba irrefutable cuando permiten observar al parásito dentro de los macrófagos: aquí no hay posibilidad de duda, el enemigo se hace visible bajo el microscopio. Para facilitar el proceso al propietario, es fundamental explicarle que estas pruebas no son una complicación, sino una forma de ganar tiempo y adelantarse al daño orgánico.
Todo este proceso diagnóstico se desarrolla bajo el marco de recomendaciones de LeishVet, el grupo internacional de especialistas en leishmaniosis que ha establecido guías de referencia para la clasificación clínica y la toma de decisiones terapéuticas, y que desde 2009 viene actualizando su consenso en diagnóstico, estadiaje clínico, tratamiento y prevención.
Un consejo práctico que damos en Eurovet es que el tutor lleve a cada revisión una lista breve de cambios observados en casa: pérdida de peso, apatía, crecimiento excesivo de uñas, problemas cutáneos, inflamación de ganglios, sed aumentada… Cualquier pequeño detalle ayuda a encajar el rompecabezas clínico y a tomar decisiones basadas en datos reales del día a día del perro.
Confirmada la infección, debemos mirar más lejos. Las analíticas se convierten entonces en un mapa que describe cómo está afectando la enfermedad a los órganos vitales del perro. En los análisis de sangre es habitual observar valores alterados de proteínas totales: las globulinas se elevan de forma significativa mientras que la albúmina tiende a disminuir. Esta combinación revela una gammapatía policlonal, resultado de una estimulación antigénica crónica. Dicho con palabras más asequibles, significa que el sistema inmunitario lleva mucho tiempo en alerta, fabricando defensas contra el parásito, aunque ese esfuerzo sostenido desgasta otras funciones esenciales, especialmente la producción de albúmina.
Varios estudios han demostrado que una proporción significativa de perros con leishmaniosis clínica está co-infectada con otros patógenos transmitidos por vectores, como Ehrlichia canis o Babesia canis. En un trabajo realizado en la cuenca mediterránea se observó que los perros con leishmaniosis eran más propensos a presentar co-infecciones rickettsiales, lo que puede agravar la anemia, la trombocitopenia o la pérdida de peso y complicar el seguimiento. Esto explica por qué muchos clínicos piden paneles completos de enfermedades vectoriales además de la leishmania.
En diversas series clínicas de perros con leishmaniosis, más de la mitad de los pacientes presentan hiperproteinemia con hiperglobulinemia marcada en el momento del diagnóstico, y la hipoalbuminemia se correlaciona a menudo con enfermedad más avanzada.
La albúmina disminuye además porque el riñón, dañado por la inflamación, ya no es capaz de retenerla adecuadamente y la pierde a través de la orina. A este fenómeno se suma, en algunos casos, una reducción en la síntesis hepática debido a la inflamación y al compromiso del hígado. Todo ello se traduce para el perro en pérdida de masa muscular, debilidad y tendencia a la formación de edemas.
La urea y la creatinina, los marcadores más conocidos de función renal, pueden elevarse debido a una nefropatía por inmunocomplejos. Leishmania favorece que el sistema inmunitario genere complejos antígeno-anticuerpo que se depositan en los glomérulos, causando una glomerulonefritis progresiva. Cuando esto sucede, el riñón pierde capacidad filtrante y aparecen síntomas propios de la enfermedad renal crónica. Varios estudios estiman que entre el 50 % y el 80 % de los perros con leishmaniosis desarrollan algún grado de enfermedad renal a lo largo de su evolución, y que la proteinuria intensa y la enfermedad renal terminal constituyen una de las principales causas de muerte en los casos crónicos, más que el propio parásito en sí.
Aquí aparece una recomendación esencial para los tutores: asegurar una hidratación óptima, especialmente en verano. Dar acceso constante a agua fresca, ofrecer alimento húmedo cuando sea apropiado o incluso recurrir a suplementos recomendados por el veterinario puede ayudar a proteger el riñón, que en la leishmaniosis actúa como el órgano “más frágil y más valioso” del cuerpo.
Aunque menos frecuente, el hígado también puede verse afectado, reflejándose en leves aumentos de enzimas hepáticas como ALT o ALP. Afortunadamente, el tejido hepático suele recuperar parte de su función cuando la enfermedad se estabiliza. De todos modos, el tutor debe evitar por completo administrar medicamentos sin consultar antes con su veterinario, ya que algunos fármacos domésticos pueden perjudicar seriamente al hígado en estos pacientes.
El hemograma, por su parte, revela cambios igualmente significativos. La anemia asociada a la leishmaniosis suele ser normocítica, normocrómica y no regenerativa, lo que indica que la médula ósea no responde con suficiente producción eritroide. En algunos estudios de perros con leishmaniosis visceral, la anemia está presente en aproximadamente la mitad de los casos clínicos, mientras que apenas se detecta en un porcentaje mucho menor de perros control o seronegativos. La trombocitopenia puede aparecer como resultado del consumo de plaquetas o de su destrucción inmunomediada, y no es extraño encontrar alteraciones de leucocitos, desde aumentos por inflamación hasta descensos cuando la médula ósea se encuentra agotada. Este cuadro explica por qué a veces los propietarios observan sangrados nasales, pequeños puntitos rojos en la piel o cansancio inexplicable: todo ello debe comunicarse al veterinario de inmediato.
Finalmente, la orina se convierte en el delator más sincero del estado de los riñones. La presencia de proteínas en la orina, medida mediante el índice proteína/creatinina urinaria (UPC), marca el inicio del daño renal y ayuda a clasificar su gravedad. Hoy sabemos que la mayoría de perros con leishmaniosis presentan una proteinuria mixta, glomerular y tubular, y que los cambios en la UPC pueden anticipar deterioros renales antes incluso de que la creatinina se dispare. Para facilitar la recogida de muestra de orina en casa, solemos enseñar al propietario pequeños trucos según sexo y temperamento del perro, y en algunos casos ofrecemos recogida asistida en clínica para garantizar resultados fiables que guíen bien la evolución de la enfermedad.
Tratamiento: lo que dice LeishVet (y lo que hacemos en la realidad)
El tratamiento de referencia en Europa se basa en las guías del Grupo LeishVet, que recomiendan el uso combinado de un fármaco leishmanicida (para reducir la carga parasitaria rápidamente) y un leishmaniostático (para impedir que el parásito vuelva a multiplicarse).
Existen dos estrategias de tratamiento principales, igualmente válidas según la situación clínica del paciente:
1️⃣ El protocolo más clásico combina meglumina antimoniate (Glucantime®) administrada de forma subcutánea diariamente durante cuatro a seis semanas, junto con alopurinol por vía oral durante al menos seis a doce meses. Estudios clínicos con este protocolo señalan que un alto porcentaje de perros muestran una mejoría clínica clara en las primeras 4–12 semanas de tratamiento, y que en muchos casos la supervivencia media puede superar los 4 años tras el diagnóstico cuando se realiza un buen seguimiento y se controlan las complicaciones renales.
Un estudio cualitativo reciente entrevistó a propietarios que administraban inyecciones diarias de meglumina antimoniate en casa. Muchos describieron la experiencia como estresante y emocionalmente pesada, temiendo hacer daño al perro o asociando la hora del pinchazo con ansiedad tanto propia como del animal. Aun así, la mayoría afirmó que volvería a elegir el tratamiento al ver la mejoría clínica, aunque muchos confesaron que, si existiera una alternativa igual de eficaz por vía oral o con menos pinchazos, la preferirían sin dudarlo. Este tipo de datos ayudan a los veterinarios a entender que el éxito terapéutico no depende solo del fármaco, sino también de lo “sostenible” que es el protocolo para la familia.
2️⃣ La alternativa, especialmente interesante cuando las inyecciones son difíciles de manejar, consiste en miltefosina (Milteforan®) por vía oral durante veintiocho días, también acompañada de alopurinol durante un periodo prolongado. En estudios específicos, esta combinación ha demostrado reducir significativamente la carga parasitaria y mejorar las manifestaciones clínicas en un amplio número de pacientes, con tasas de respuesta que rivalizan con el protocolo clásico cuando se seleccionan adecuadamente los casos y se monitorizan las analíticas.
En los últimos años se han publicado trabajos que evalúan protocolos “en dos fases”, comenzando con monoterapia con alopurinol durante unos tres meses y añadiendo antimoniales o miltefosina solo en los casos en que la remisión clínica es incompleta o se produce una recaída. En una cohorte de perros tratados en un país no endémico, la supervivencia estimada a seis años en los casos manejados con alopurinol (seguido de terapia leishmanicida cuando fue necesario) fue de alrededor del 75–80 %, lo que ilustra el potencial de un manejo médico estructurado y a largo plazo.
Revisiones sobre parasitosis en pequeños animales destacan que una dieta bien formulada, rica en proteínas de alta calidad, omega-3 y micronutrientes como vitaminas A, D, E, B12, zinc y selenio, ayuda a mejorar la respuesta inmunitaria, reducir la inflamación y favorecer la recuperación, aunque no sustituye al tratamiento farmacológico. Es especialmente relevante en perros con afectación renal o pérdida de peso ligada a la enfermedad
En Eurovet explicamos al propietario que el perro puede mejorar notablemente en cuestión de semanas, pero que esto no significa que el parásito haya sido eliminado. De hecho, recomendamos establecer un calendario terapéutico escrito para el hogar, donde se anoten horarios, cambios observados y fechas de controles, porque la regularidad en el tratamiento es una de las claves del éxito. A veces sugerimos incluso el uso de alarmas en el móvil o pastilleros semanales, para que los propietarios puedan administrar los medicamentos sin olvidos ni duplicaciones accidentales.
El alopurinol, piedra angular del mantenimiento, se administra durante al menos ocho meses, asegurando cubrir completamente la temporada de mayor actividad del vector —el verano mediterráneo—. Durante este periodo resulta fundamental vigilar la aparición de signos de urolitiasis por xantina: cambios en la frecuencia de micción, esfuerzo al orinar o presencia de sangre deben dar lugar a una revisión inmediata. En estudios de seguimiento a largo plazo se han descrito casos aislados en los que la formación de cálculos de xantina ha obligado incluso a realizar nefrectomías, lo que subraya la importancia de los controles periódicos de orina.
Aun así, el mensaje global es esperanzador: varios trabajos concluyen que, con protocolos basados en antimoniales o miltefosina combinados con alopurinol y un seguimiento correcto, muchos perros disfrutan de sobrevidas medias superiores a los 4–6 años después del diagnóstico, y algunos alcanzan cifras similares a las esperadas en perros de la misma edad sin leishmaniosis.
En la Clínica Veterinaria Eurovet llevamos años integrando terapias alternativas bien fundamentadas dentro del tratamiento de la leishmaniosis. De hecho, comenzamos a usar Artemisia annua mucho antes de que los estudios científicos confirmaran su eficacia frente a la leishmaniosis. Hoy, la investigación respalda lo que llevamos años viendo en nuestros pacientes: menos inflamación, mejor estado general y una recuperación más equilibrada cuando se combina con el tratamiento oficial. Nuestro enfoque integrativo se basa en ciencia, control analítico riguroso y soluciones naturales innovadoras para que los perros vivan más tiempo y con mejor calidad de vida.✨🩺
Superar el episodio inicial de leishmaniosis no marca el final del camino, sino el inicio de una relación nueva con la enfermedad. El perro tendrá siempre una sensibilidad mayor a desarrollar de nuevo síntomas si su sistema inmunitario se desequilibra o si vuelve a exponerse al flebótomo infectado.
Por ello, tras el tratamiento se establecen revisiones periódicas muy concretas. Los primeros controles suelen realizarse entre uno y tres meses después del inicio del tratamiento para evaluar la evolución clínica, vigilar la función renal y detectar signos tempranos de mejoría o complicación. Una nueva revisión a los seis meses permite establecer si el animal se mantiene estable y si la carga parasitaria disminuye. A partir de ahí, las revisiones anuales (o cada seis a doce meses en casos más delicados) sirven para ajustar medicación, prevenir complicaciones renales y reforzar la protección frente al vector. En Eurovet sugerimos siempre que el propietario mantenga un cuaderno de evolución clínica, donde pueda guardar informes, gráficas analíticas y anotaciones sobre cambios observados en casa.
Una encuesta a 155 veterinarios en Portugal analizó cómo gestionan el seguimiento a largo plazo de la leishmaniosis. Los clínicos estimaron que aproximadamente el 43% de los perros que controlan anualmente presentan alguna recaída durante su vida, y que las limitaciones económicas de los propietarios son uno de los factores que más perjudican la frecuencia de controles y la detección precoz de recaídas. Es decir, muchas veces no es la medicina lo que falta, sino la posibilidad de aplicarla de forma continua. En estudios de seguimiento de perros tratados con protocolos estándar, se ha visto que las recaídas raramente aparecen “de golpe”: semanas o meses antes, empiezan a subir de nuevo los títulos de anticuerpos, reaparece la proteinuria o empeoran parámetros como las globulinas y la creatinina. En un trabajo clásico de seguimiento, todos los perros que recayeron mostraron aumento de título IFI y carga parasitaria en ganglios antes o al mismo tiempo que los signos clínicos. Moral de la historia: repetir analíticas periódicas no es capricho, es la forma de ver venir los problemas.
Pronóstico a largo plazo: más de la mitad de los perros lo hacen mejor de lo esperado
Un estudio reciente que siguió a perros con leishmaniosis entre 2000 y 2022 analizó qué factores pronósticos se asociaban con un buen resultado. Más de la mitad de los pacientes (51,3%) tuvieron un “buen outcome”, definido como necesitar menos de un ciclo de tratamiento leishmanicida por año y mantenerse estables, mientras que un 22% requirió tratamientos frecuentes y un 26,7% murió o fue eutanasiado por la enfermedad. Los parámetros renales, la magnitud de la proteinemia y el estadio clínico inicial fueron claves para predecir estos desenlaces, subrayando una vez más la importancia del diagnóstico precoz y del seguimiento analítico cuidadoso.
La protección frente al flebótomo es un pilar absoluto de la prevención. Los perros positivos —y los que viven en zonas endémicas— deben utilizar collares o pipetas repelentes durante toda la temporada de riesgo. Además, es importante no dejar al perro dormir en el exterior al atardecer o al amanecer, e incluso considerar el uso de mosquiteras impregnadas en entornos con alta densidad de flebótomos. Un consejo muy útil es programar la renovación del collar repelente o aplicación de pipeta el primer día de cada mes, de modo que al propietario nunca se le pase por alto. Consensos recientes en dermatología veterinaria recalcan que el control vectorial intensivo es una de las estrategias más eficaces no solo para proteger al perro, sino también para reducir el riesgo zoonótico para las personas que conviven con él.
La vacunación también forma parte de la estrategia global, aunque tiene indicaciones precisas: está recomendada principalmente en perros sanos y seronegativos, ya que su objetivo no es evitar la infección, sino disminuir el riesgo de enfermedad clínica en caso de exposición. En animales que han sido tratados y que, tras el tiempo, muestran títulos serológicos negativos o muy bajos, el veterinario puede valorar la vacunación de forma individualizada según la situación epidemiológica. Además, explicamos a los propietarios que la vacuna es más eficaz cuando se combina con un plan de protección vectorial sólido y con una nutrición adaptada que favorezca un sistema inmune fuerte.
Lo esencial que debe comprender el propietario es que la leishmaniosis se controla, no se elimina. Con tratamiento adecuado, vigilancia constante y protección frente al vector, la gran mayoría de perros pueden disfrutar de una vida completamente feliz, sana y activa durante muchos años. En algunos estudios de seguimiento, la tasa de perros vivos varios años después del diagnóstico alcanza el 75–80 % cuando se aplican protocolos basados en la evidencia y se mantiene un control clínico regular, lo que confirma que, manejada correctamente, la leishmaniosis deja de ser una sentencia y se convierte en un reto crónico asumible.
Conclusión
Gestionar la leishmaniosis canina exige una visión global del paciente y un compromiso sostenido en el tiempo. No se trata solo de “curar la crisis”, sino de mantener el equilibrio inmunitario, proteger los órganos vitales y evitar que el parásito recupere terreno. La medicina preventiva, el control vectorial, las revisiones periódicas y la implicación activa del propietario transforman una patología potencialmente devastadora en un desafío perfectamente manejable.
Cuando la ciencia se combina con el cuidado diario en casa, la gran mayoría de perros afectados por leishmaniosis pueden disfrutar del resto de sus vidas con alegría, bienestar y mucho tiempo para seguir moviendo la cola.
Referencias científicas y lecturas recomendadas
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