
La leishmaniosis canina no es una enfermedad más: es una patología crónica, compleja y potencialmente mortal, endémica en amplias zonas del sur de Europa y del arco mediterráneo. Su transmisión depende de un actor tan discreto como decisivo: el flebotomo, un pequeño insecto hematófago cuya biología marca, de forma casi matemática, el éxito o el fracaso de cualquier estrategia preventiva. Y aquí conviene poner cifras sobre la mesa: en España se han descrito prevalencias muy variables según zona, pero en conjunto se han publicado estimaciones nacionales alrededor del 15,7 % de perros con evidencia de infección/exposición, con grandes diferencias geográficas. A escala global, se calcula que más de 12 millones de personas están infectadas por leishmaniasis y que la enfermedad es endémica en 99 países, situándose entre las diez enfermedades tropicales desatendidas más importantes del mundo. Aunque los perros son el principal reservorio en el Mediterráneo, estos datos recuerdan que hablamos de una zoonosis con fuerte impacto en salud pública humana, no solo “de animales”.
Un trabajo reciente utilizó modelos ecológicos y datos de Phlebotomus perniciosus para construir un mapa de riesgo de infección por L. infantum en perros en toda la Península Ibérica. Encontraron que las zonas de mayor riesgo actual son el suroeste, centro peninsular, costa mediterránea, Baleares y cuenca del Ebro, y que con escenarios de cambio climático el riesgo aumentaría en gran parte del territorio, sobre todo en el norte, hasta un 70% más hacia 2060.
En estudios regionales se han llegado a observar cifras cercanas al 19–20 % en áreas concretas, y lo más traicionero es que una parte importante de esos perros no presenta signos clínicos. Dicho de forma llana: puede haber perros infectados en perfecto “aspecto de salud”, y aun así formar parte del problema epidemiológico.
Nota científica – Europa tiene ficha oficial del vector
El ECDC mantiene una ficha técnica sobre flebotomos con detalles de biología y medidas (barreras impregnadas, estrategias con repelentes, etc.). Es útil para entender que el control del vector no es solo “collar o pipeta”, sino un abanico de herramientas complementarias.
Durante años se ha intentado combatir la leishmaniosis centrándose únicamente en el animal infectado. Sin embargo, la verdadera clave está un paso antes, en comprender cómo vive, cuándo actúa y dónde se desarrolla el flebotomo. Ajustar los paseos del perro para evitar las horas de máxima actividad del insecto, reducir la permanencia nocturna en jardines húmedos o modificar la ubicación de las zonas de descanso no son medidas “de sentido común” sin más: son aplicaciones directas del conocimiento del vector. En términos de medicina preventiva, esto es oro puro 🧠: actuar donde se corta la transmisión, no donde ya estamos tratando consecuencias.
El flebotomo pertenece al género Phlebotomus, dentro de la familia Psychodidae. Aunque a simple vista pueda recordar a un mosquito, no lo es, ni en su anatomía ni en su comportamiento. Es notablemente más pequeño, de vuelo corto y errático y, lo más inquietante, completamente silencioso, lo que explica por qué muchas picaduras pasan desapercibidas incluso cuando el perro está a pocos metros de sus propietarios.
El CDC recuerda que los flebotomos que transmiten Leishmania suelen ser alrededor de una cuarta parte del tamaño de un mosquito (o incluso menos) y, además, sus picaduras pueden pasar desapercibidas. Esto explica por qué mucha gente subestima la exposición: “si no lo vi, no me picó”… pues sí.
Fuente: https://www.cdc.gov/leishmaniasis/about/index.html
Este insecto presenta hábitos crepusculares y nocturnos, con una marcada preferencia por ambientes oscuros, húmedos y poco ventilados. Solo las hembras se alimentan de sangre, ya que la necesitan para completar la maduración de sus huevos. Es precisamente durante esta ingestahttps://www.cdc.gov/yellow-book/hcp/travel-associated-infections-diseases/leishmaniasis.html sanguínea cuando pueden inocular el parásito Leishmania infantum en el perro, iniciando una infección que puede permanecer latente durante meses o incluso años antes de manifestarse clínicamente. En la práctica, esto significa que un perro puede pasar toda una temporada de riesgo “sin enterarse”… y nosotros tampoco.
Los flebotomos son tan malos voladores que guías de salud pública, como el CDC americano, recomiendan que ventiladores o ventilación intensa pueden dificultar su desplazamiento en dormitorios o estancias de descanso. Por eso, mantener al perro en interiores durante el anochecer, evitar que duerma en patios o jardines en noches cálidas, y favorecer espacios bien ventilados reduce de forma indirecta las probabilidades de contacto con el vector. En casas con patio/jardín, a veces un ventilador nocturno cerca de la zona de sueño suma más de lo que parece. Otro truco doméstico muy efectivo: si tu perro tiene su cama cerca de una puerta abierta a un jardín húmedo, desplázala unos metros hacia el interior durante la temporada de flebotomos; esa pequeña distancia puede marcar una diferencia real en la exposición.
Aquí reside uno de los grandes peligros de la enfermedad: la aparente normalidad inicial del animal 🕰️, que puede llevar a una falsa sensación de seguridad si no se mantienen medidas preventivas constantes incluso en perros aparentemente sanos.
🧪 Cápsula curiosa – ¿Lo sabías?
El flebotomo puede picar varias veces en una sola noche y no emite ningún zumbido audible. Muchas infecciones se producen sin que nadie —ni humano ni perro— haya notado nada, lo que refuerza la importancia de la prevención continua y no reactiva.
El ciclo de vida del flebotomo es un ejemplo fascinante de adaptación al medio, y al mismo tiempo su mayor punto débil si sabemos interpretarlo correctamente. Todo comienza cuando la hembra deposita sus huevos en suelos húmedos y protegidos, ricos en materia orgánica en descomposición. No los pone al azar: busca microambientes estables, sombríos y poco perturbados, como rincones de jardines, acumulaciones de hojas, zonas bajo macetas o grietas en muros y construcciones.
De estos huevos emergen las larvas, organismos de hábitos saprófagos, es decir, que se alimentan de restos orgánicos. Esta fase larvaria es exclusivamente terrestre y muy dependiente de la humedad ambiental. Traducido a acciones concretas: retirar hojas acumuladas, evitar “esquinas compostadoras” improvisadas, mantener trasteros y casetas lo más secos posible y reducir materia vegetal en descomposición cerca de las zonas donde duerme el perro son medidas que atacan el problema antes de que el insecto sea adulto. Incluso algo tan doméstico como revisar el perímetro de la casa —grietas en muros, huecos bajo escalones, rincones con riego constante— puede ser más relevante de lo que parece, porque esos microrefugios funcionan como “guarderías” del vector.
Tras varias mudas, la larva se transforma en pupa, una fase inmóvil pero crucial, donde se produce la reorganización completa del insecto. Finalmente surge el adulto, cuya vida es sorprendentemente corta —entre una y dos semanas— pero suficiente para alimentarse, reproducirse y transmitir la enfermedad. Esta brevedad explica por qué el uso continuado de repelentes tópicos o collares insecticidas con efecto demostrado resulta tan eficaz: no es necesario “acabar con todos los flebotomos del planeta”, basta con impedir que completen una o dos tomas de sangre.
Aquí vienen números que dan tranquilidad (porque son concretos): en estudios controlados, un collar de deltametrina de liberación sostenida ha mostrado reducciones del 94–98 % en la alimentación del flebotomo sobre perros protegidos durante prácticamente un año completo (364 días). Eso no significa “riesgo cero”, pero sí una bajada drástica de la probabilidad de picadura efectiva, que es justo lo que interesa cuando hablamos de transmisión vectorial. Además, estudios recientes han demostrado que también los gatos pueden infectarse y actuar como fuente de sangre para el vector, aunque el perro siga siendo el principal reservorio epidemiológico.
La Agencia Europea de Medio Ambiente resume que los flebotomos prosperan donde las temperaturas superan ~15°C durante varios meses, y que el cambio climático puede facilitar expansión hacia latitudes/altitudes mayores. Esto no es ciencia ficción: significa temporadas más largas y mapas que se mueven.
La duración de cada fase está modulada por factores ambientales, especialmente temperatura y humedad, lo que explica la marcada estacionalidad del flebotomo: En climas mediterráneos, actividad máxima entre mayo y octubre, con picos en los meses más cálidos, y expansión favorecida por el aumento de temperaturas, como lo detalla la plataforma de la agencia Europea de Medioambiente. Por eso, un error clásico es “empezar tarde”: colocar el collar o iniciar el repelente cuando ya hace calor sostenido o cuando ya han empezado los casos en el barrio. La prevención funciona mejor si se inicia con antelación y se mantiene de forma constante durante toda la temporada de riesgo.
El flebotomo no necesita grandes espacios naturales para prosperar. De hecho, suele desarrollarse en entornos periurbanos y domésticos: jardines, patios, establos, muros con grietas, casetas, trasteros húmedos o zonas con acumulación de hojas y restos vegetales. Esto convierte al propio domicilio en un punto clave de prevención, donde pequeñas modificaciones estructurales pueden marcar una diferencia significativa. Y, para dimensionar el fenómeno con un dato epidemiológico potente: en el Mediterráneo se estima que hay millones de perros infectados, lo que significa que el parásito no es raro; lo raro es que el vector “no encuentre” oportunidades cuando el entorno le favorece.
Los perros que viven o pasan mucho tiempo al aire libre, especialmente al anochecer, están estadísticamente más expuestos. Elevar ligeramente las camas y casetas del suelo, evitar que el animal duerma directamente sobre superficies húmedas y colocar barreras físicas como mosquiteras en zonas de descanso son medidas sencillas que aprovechan una característica poco conocida del insecto: su vuelo es bajo y limitado. Un método práctico de casa, muy fácil de aplicar, consiste en crear una “zona nocturna segura”: durante la temporada de flebotomos, el perro duerme en interior o en un espacio protegido con malla fina; si no es posible, al menos se evita que duerma en el jardín o en una caseta pegada a muros con grietas y vegetación densa.
Autoridades sanitarias advierten que las redes/mosquiteras estándar pueden ser poco eficaces porque los flebotomos son tan pequeños que pueden atravesar ciertos entramados; se recomiendan mallas muy tupidas o redes tratadas con insecticida en contextos de riesgo. Traducción doméstica: no toda mosquitera “vale igual”.
Aquí es donde la prevención deja de ser abstracta y se vuelve concreta y cotidiana, integrándose de forma natural en la rutina del animal y de su familia.
La prevención eficaz de la leishmaniosis no consiste en una sola medida milagrosa, sino en una estrategia combinada, diseñada para interferir en los momentos críticos del ciclo del flebotomo. Evitar paseos al amanecer y al atardecer, usar repelentes con eficacia demostrada (por ejemplo, collares con deltametrina o flumetrina, o pipetas con efecto repelente según pauta veterinaria), reducir la humedad ambiental y aplicar antiparasitarios de forma regular no son gestos aislados, sino decisiones coherentes basadas en biología aplicada.
Un enfoque muy práctico —y que suele mejorar la adherencia de los propietarios— es convertir la prevención en un “sistema” y no en un recordatorio difuso: asociar el recambio del collar o la pipeta a un evento fijo (por ejemplo, el primer fin de semana de mes), revisar el estado del collar (ajuste, integridad, contacto con la piel), y reforzar medidas ambientales en los periodos de calor. También ayuda recordar que muchos fracasos preventivos no se deben a que el producto “no funcione”, sino a factores humanos: collares mal ajustados, baños frecuentes que reducen eficacia de tópicos (según producto), olvidos de reaplicación o exposición intensa del perro justo en horarios de máxima actividad del vector.
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Un artículo de referencia en JAVMA asi como la propia OM recalcan el valor del enfoque
combinado para prevención en perros: Reducción de la transmisión por ambos, control del vector (sprays, redes tratadas, protección personal/animal) y gestión ambiental. Este punto refuerza algo que muchos propietarios agradecen oír: limpiar el entorno y reducir refugios no es “manía”, es prevención con lógica epidemiológica. También es la idea “antídoto contra los fallos humanos”, a saber que no depende de un solo elemento, sino de un sistema.
Cuando estas medidas se mantienen de forma constante, incluso en perros que no presentan síntomas, se reduce de manera significativa la probabilidad de transmisión. Entender al vector permite dejar de reaccionar ante la enfermedad para empezar a anticiparse a ella 💡.
📌 En resumen
La leishmaniosis no empieza en el análisis de sangre, ni siquiera en la picadura. Empieza mucho antes, en un pequeño insecto que prospera en silencio cuando no lo comprendemos. Conocer el ciclo de vida del flebotomo permite transformar la prevención en una estrategia lógica, constante y eficaz, capaz de proteger de forma real y duradera la salud de nuestros perros 🐾. Y cuando se añaden datos concretos —prevalencias publicadas que pueden rondar el 15 % a nivel nacional, picos regionales cercanos al 20 %, y medidas anti-picadura con reducciones de alimentación del vector por encima del 94 % en condiciones experimentales— la prevención deja de ser “una recomendación” y se convierte en una decisión sanitaria con fundamento.
Fuentes y lecturas recomendadas
Paulin, S., Dautel, H., Le Sueur, C., Hensel, P., Deleu, S., Lienard, E. (2018) – Evaluación en laboratorio del efecto antialimentación durante hasta 12 meses de un collar de liberación lenta con deltametrina (Scalibor®) frente al flebotomo Phlebotomus perniciosus en perros – Parasites & Vectors – Estudio experimental controlado que demuestra una reducción del 94–98 % en la alimentación del flebotomo sobre perros protegidos durante un periodo de hasta 364 días – https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC6161463/
Gálvez, R., Montoya, A., Fontal, F., Martínez de Murguía, L., Miró, G. (2020) – Tendencias recientes de la infección por Leishmania infantum en perros en España. Parte I: seroprevalencia cartografiada y distribución de flebotomos – Parasites & Vectors – Análisis epidemiológico a gran escala que muestra una elevada variabilidad regional y confirma la magnitud del reservorio canino en la cuenca mediterránea – https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC7171843/
Vélez, R., Ballart, C., Domenech, E., Abras, A., Fernández-Arévalo, A., Gállego, M. (2019) – Seroprevalencia de la infección por Leishmania infantum en perros de la provincia de Girona (noreste de España) – Preventive Veterinary Medicine – Estudio transversal que estima una seroprevalencia cercana al 19,5 % con una alta proporción de perros infectados asintomáticos – https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0167587718303209
Merino-Goyenechea, J., Álvarez-García, G., Siles-Lucas, M., Martínez-Carrasco, C., Ortega-Mora, L. M. (2025) – Prevalencia molecular de la infección por Leishmania infantum a partir de muestras orales en perros del noroeste de España – Pathogens – Trabajo que recoge y contextualiza estimaciones nacionales de prevalencia canina en torno al 15,7 %, destacando la heterogeneidad geográfica – https://www.mdpi.com/2076-0817/14/6/569
ESCCAP (European Scientific Counsel Companion Animal Parasites) (2016) – Control de las enfermedades transmitidas por vectores en perros y gatos. Guía nº 5 – ESCCAP Europa – Documento de referencia europeo que establece recomendaciones prácticas basadas en evidencia para la prevención de enfermedades vectoriales como la leishmaniosis – https://www.esccap.es/wp-content/uploads/2016/06/guia5_P31620-FINAL.pdf
World Health Organization (2008) – Perfil epidemiológico de la leishmaniosis en España – WHO – Leishmaniasis Country Profiles – Informe oficial que describe la situación endémica de la leishmaniosis humana y animal en España y su contexto de salud pública – https://leishinfowho-cc55.es/wp-content/uploads/2022/07/pdfs/country-profiles/Spain/LEISHMANIASIS_CP_ESP_2008.pdf