
La dirofilariosis canina (el conocido “gusano del corazón”) está causada por Dirofilaria immitis. La primera descripción conocida de “algo parecido” se atribuye a Francesco Birago en 1626, hablando de gusanos en perros de caza. Un detalle sabroso para abrir el artículo con una frase de “esto lleva 400 años con nosotros”. Pero si te digo la verdad clínica, el villano principal no es el gusano adulto: es el mosquito, que actúa como vector biológico (un ser vivo que no solo transporta al parásito, sino que permite que madure en su interior hasta volverse infectante). Entender esto cambia por completo la manera de mirar la enfermedad: aquí no hablamos de “mala suerte”, hablamos de un ciclo biológico perfectamente diseñado… y, por desgracia, muy eficiente. Y, desde el punto de vista práctico, este enfoque tiene una ventaja enorme para el propietario: si comprendemos “cómo viaja” el parásito, podemos identificar con mucha más claridad dónde se acumula el riesgo en el día a día (patios, terrazas, horarios de paseo, viajes) y qué hábitos sencillos lo reducen sin necesidad de vivir en modo alarma 🦟.
Dirofilariosis en gatos
En 758 gatos del área metropolitana, la seroprevalencia global fue 11,47% (anticuerpos) y el antígeno solo 0,26%. El giro de guion: los gatos solo indoor también salieron positivos (7,05%), y los outdoor se dispararon (21,2%). Además, de los seropositivos, 24,1% presentaba signos respiratorios… el típico “asma felina” que, a veces, no es asma.
Fuente: https://link.springer.com/article/10.1186/s13071-014-0506-6
La transmisión de la dirofilariosis solo ocurre cuando se alinean varios elementos, como si fueran engranajes. El primero es el reservorio, normalmente un perro infectado que tiene microfilarias en sangre. Estas microfilarias son larvas microscópicas circulantes, una especie de “semillas” parasitarias: por sí mismas no saltan de un animal a otro, y tampoco tienen la capacidad de convertirse en infección cardiaca sin completar etapas intermedias. El segundo engranaje es el vector, y aquí es donde el mosquito se gana un puesto protagonista. Desde el lado del propietario, este “reparto de papeles” ayuda a enfocar bien la conversación con el veterinario: más que preguntar “¿hay mosquitos?”, suele ser más útil contar cómo vive el perro (si duerme fuera, si pasea al amanecer, si viaja) y si se conoce la fecha del último control antiparasitario y/o test, porque esos datos permiten estimar el riesgo con criterio. Y es que, cuando miras los números, se entiende por qué el estilo de vida importa: en España las prevalencias publicadas son muy heterogéneas según zona y microambiente, desde cifras bajas como el 2,4% reportado en un estudio provincial en Barcelona hasta focos históricamente muy altos en áreas ligadas a masas de agua y regadíos (por ejemplo, prevalencias locales del 35,8% y 26% descritas en el Delta del Ebro según una síntesis epidemiológica ).
Conviene insistir en una idea que parece pequeña, pero es enorme: el mosquito no es un simple taxi que “coge parásitos y los deja en otro sitio”. En realidad, funciona como una incubadora biológica, porque dentro de su organismo se produce una maduración larvaria imprescindible. Técnicamente, ciertos mosquitos (según región y condiciones ecológicas) de géneros como Culex, Aedes o Anopheles pueden intervenir en el ciclo. Pero más importante que el “apellido” del mosquito es lo que ocurre dentro: si el parásito no completa su desarrollo en el vector, no existe transmisión efectiva. Y esto también tiene una lectura práctica muy simple: no siempre puedes “eliminar los mosquitos del mundo”, pero sí puedes reducir los puntos de contacto con ellos, especialmente en momentos y lugares previsibles, y eso ya baja la probabilidad de exposición. Esta dependencia del vector y del entorno es tan fuerte que, en modelos usados en Europa, la viabilidad del ciclo se liga directamente a umbrales térmicos y a la vida media del mosquito.
Autoridades ambientales advierten que algunos mosquitos pueden poner huevos en cantidades de agua tan pequeñas como un tapón; por eso, la prevención doméstica no va de “vaciar piscinas”, sino de eliminar micro-recipientes que pasan desapercibidos.
Dicho de forma muy didáctica: la microfilaria que circula en la sangre del perro es como una llave sin tallar. El mosquito la “talla” (la transforma) y solo entonces la larva se convierte en una forma infectante capaz de iniciar una infección en otro perro. Este detalle explica por qué la dirofilariosis es tan dependiente del clima, de la estación y de la densidad de mosquitos: no basta con que haya picaduras, tiene que haber un contexto que permita que el parásito se desarrolle dentro del vector. Por eso, cuando un cliente nos dice “mi perro casi no se rasca”, la respuesta profesional suele ser: el rascado no es un indicador fiable aquí; lo importante es la exposición al vector y la viabilidad del ciclo. Y, como método práctico, suele ser buena idea que el propietario tenga una costumbre tan sencilla como útil: anotar en el móvil cualquier viaje y cambios de rutina (por ejemplo, “desde junio duerme en terraza”), porque esos detalles, meses después, son oro para interpretar el riesgo. Este enfoque “de calendario” se apoya en hechos muy sólidos: por ejemplo, en un trabajo de seroepidemiología en Madrid se describió una seroprevalencia del 9,1%, con picos municipales (p. ej., 27,3% en Alcalá de Henares y 20,8% en Aranjuez) en áreas vinculadas a cuencas fluviales, lo que ilustra de forma muy didáctica la relación entre agua + vector + exposición.
El ciclo explicado con precisión: del perro al mosquito, del mosquito al perro (y el papel decisivo de la temperatura)
Cuando un mosquito pica a un perro infectado, al alimentarse de sangre puede ingerir microfilarias. Este paso es fundamental: sin microfilarias disponibles en la circulación, el mosquito no “carga” el material biológico necesario para perpetuar el ciclo. En la práctica, esto ayuda a entender por qué hay perros que, sin dar signos, pueden sostener la transmisión en un entorno con mosquitos: la circulación de microfilarias funciona como combustible silencioso del problema. Desde un punto de vista práctico para el cliente, aquí hay una lección muy directa: si convives con varios perros (o si adoptas uno nuevo), no basta con “que uno esté bien”; conviene que el veterinario valore el riesgo del conjunto, porque un portador silencioso puede mantener la rueda girando sin que nadie lo sospeche.
Aquí se produce el evento que lo cambia todo. Las microfilarias ingeridas no se quedan en “modo microfilaria”. Evolucionan y mudan a estadios larvarios que culminan en larvas L3, consideradas las larvas infectantes. Este proceso depende de variables ambientales y fisiológicas, pero una destaca por encima de todas: la temperatura. A mayor temperatura dentro de rangos favorables, más fácil es que el desarrollo larvario se complete; con temperaturas bajas, el proceso se ralentiza o puede no llegar a término. Para ponerle cifras a esta idea (y que no quede en teoría): el desarrollo larvario en el mosquito se describe como dependiente de un umbral de 14 °C y la necesidad de acumular 130 “degree-days” por encima de ese umbral (a menudo expresado como “heartworm development units”, HDUs), según un análisis clásico sobre incubación extrínseca (explicación cuantitativa del umbral térmico).
“No es teoría: se ha encontrado ADN de D. immitis en mosquitos… y no en pocos”
En un trabajo de vigilancia entomológica en Portugal, se capturaron miles de mosquitos y, tras cribado por PCR, se detectó ADN de Dirofilaria immitis en múltiples pools; el hallazgo incluyó resultados en abdomen y también en cabeza+tórax, un detalle relevante porque sugiere presencia en zonas asociadas a la capacidad de transmisión (no solo “sangre ingerida”).
Esto tiene implicaciones directas en la epidemiología: no solo importa “dónde” vive el perro, sino también el microambiente (humedad, agua disponible, zonas de cría de mosquitos) y la época del año. En términos sencillos: el mosquito necesita existir, pero además necesita poder actuar como incubadora. Y para incubar, necesita condiciones. Traducido a “método práctico” para casa: cuanto más evites que el entorno inmediato ofrezca lugares de cría, menos mosquitos adultos tendrás rondando. No hace falta convertir el hogar en un laboratorio: basta con revisar de vez en cuando puntos típicos como canaletas, cubos, bebederos exteriores olvidados o recipientes que acumulan agua tras el riego; esa rutina sencilla reduce la “fábrica” de mosquitos alrededor del perro. Además, la velocidad de “cocción” cambia muchísimo con la temperatura: en un artículo reciente se describe que el proceso puede tardar aproximadamente 16–20 días a 22 °C y acelerarse a 8–10 días a 28–30 °C, lo que ayuda a entender por qué olas de calor y veranos largos no son un simple detalle meteorológico, sino un factor biológico directo.
Una vez el mosquito porta larvas L3, al picar de nuevo puede depositarlas cerca de la lesión cutánea de la picadura, facilitando su entrada en la piel del perro. Desde ahí, el parásito inicia una migración progresiva a través de tejidos, con mudas sucesivas, hasta alcanzar el sistema cardiopulmonar meses después. Este desfase temporal es crucial: la infección puede estar en marcha mientras el animal parece normal. Por eso, en dirofilariosis, “esperar a ver síntomas” no es una estrategia, es una trampa biológica. Para el propietario, una manera útil de aterrizar esto es entender que la pregunta clave no es “¿cómo está hoy?”, sino “¿a qué estuvo expuesto hace meses?”. Por eso, si un perro ha viajado o ha cambiado hábitos (más jardín, más noches fuera), conviene mencionarlo aunque haya pasado tiempo: en enfermedades de cronología lenta, la memoria del calendario es parte del diagnóstico. Y aquí hay un número que suele sorprender: se considera que hacen falta al menos 6 meses desde la infección para que una prueba pueda volverse positiva en muchos escenarios, lo que explica por qué los controles se plantean con una cronología concreta.
Si lo tuviéramos que resumir con una frase clínica: la transmisión ocurre en minutos, pero la enfermedad se construye en meses. Y, como consejo muy concreto, hay un gesto que ayuda muchísimo en consulta: llevar apuntada la fecha aproximada del último viaje, del cambio de domicilio o de rutinas de paseo; esa información reduce dudas, acelera decisiones y evita interpretaciones erróneas.
Si la dirofilariosis fuese solo “un problema del campo”, sería fácil. Pero en realidad, el riesgo puede construirse en lo cotidiano: un patio con riego, un jardín con puntos de agua retenida, una urbanización con zonas verdes, una terraza donde el perro duerme en verano, o incluso ese clásico plato bajo la maceta que se convierte en spa para larvas de mosquito. El punto no es dramatizar, sino comprender que el vector se adapta muy bien y que la transmisión depende de microhábitats. En muchos entornos, los mosquitos aumentan su actividad al amanecer y al atardecer, que coincide con horarios frecuentes de paseo o de descanso al aire libre. Por eso, un consejo práctico muy realista para muchos clientes es ajustar pequeños detalles sin “romper la vida”: por ejemplo, adelantar o retrasar un paseo corto para evitar los picos de actividad del mosquito cuando sea posible, o hacer que el perro descanse dentro en esas franjas si suele dormir en terraza. Y si hablamos de viviendas con exterior, una medida sencilla pero eficaz es reducir todo lo que sea agua estancada (aunque sea poca), porque un mosquito no necesita una piscina: a veces le basta un recipiente olvidado. Esta lógica explica por qué, incluso dentro de una misma provincia, pueden coexistir cifras muy diferentes: en una revisión sobre España se han reportado, por ejemplo, 0,85% como media provincial en Tarragona frente a prevalencias locales mucho mayores en áreas concretas con condiciones favorables, y también se han descrito cifras altas en zonas mediterráneas como 18% en Alicante, 9% en Murcia o 39% en Ibiza en estudios citados en revisiones europeas.
Una vez por semana, haz una mini-inspección: platos de macetas, cubos, canaletas, bebederos exteriores, fuentes, recipientes “olvidados”. La eliminación de micro-acúmulos de agua baja la densidad local de mosquitos y, por tanto, la probabilidad de transmisión. Si quieres, en Eurovet te damos un checklist adaptado a tu vivienda (piso con terraza, chalet, urbanización, huerto…).
Aquí encaja también el factor “viaje”: un perro puede vivir en una zona de riesgo moderado y, con un desplazamiento a una zona más favorable para mosquitos, exponerse de forma significativa. Y como la cronología es lenta, el propietario puede asociar el problema a “algo reciente” cuando, en realidad, la infección se sembró meses antes. Esta es una de las razones por las que la medicina preventiva insiste tanto en anticiparse: en enfermedades vectoriales, el error típico es actuar cuando el parásito ya ha tenido tiempo de organizarse. Como herramienta práctica para clientes viajeros, funciona muy bien una norma simple: si vas a desplazarte con tu perro a zonas húmedas o cálidas en temporada de mosquitos, conviene avisar al veterinario con antelación para valorar el riesgo individual; no es cuestión de miedo, sino de planificación. Y, por prudencia, siempre es importante recordar un detalle doméstico que parece obvio pero evita problemas: no todos los repelentes sirven para todas las especies; algunos productos aptos para perros pueden ser peligrosos para gatos, así que cualquier medida de repelencia debe elegirse con asesoramiento veterinario si conviven ambas especies en casa 🐶🐱. En España y Portugal, además, se están publicando mapas mensuales de riesgo que muestran cómo la exposición potencial puede extenderse durante gran parte del año en determinados territorios, lo que refuerza la idea de que “temporada de mosquitos” no siempre equivale a “solo dos meses”.
Fuentes y lecturas recomendadas
Montoya-Alonso, J. A., Carretón, E., Simón, L., González-Miguel, J., García-Guasch, L., Morchón, R., Simón, F. (2015) – Prevalence of Dirofilaria immitis in dogs from Barcelona: Validation of a geospatial prediction model – Veterinary Parasitology – Estudio epidemiológico en Barcelona que valida un modelo geoespacial y reporta una prevalencia global (2,4 %) asociada a factores geoambientales. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/26162560/
Montoya-Alonso, J. A., Morchón, R., Falcón-Cordón, Y., Falcón-Cordón, S., Simón, F., Carretón, E. (2017) – Prevalence of heartworm in dogs and cats of Madrid, Spain – Parasites & Vectors – Trabajo de seroprevalencia en perros y gatos en la provincia de Madrid (incluye datos en caninos y felinos y discusión sobre factores urbanos). https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/28747221/
Cuervo, P. F., Fantozzi, M. C., Di Cataldo, S., Cringoli, G., Mera y Sierra, R., Rinaldi, L. (2013) – Analysis of climate and extrinsic incubation of Dirofilaria immitis in southern South America – Geospatial Health – Describe el modelo térmico (umbral 14 °C y 130 “degree-days”/HDUs) aplicado a la incubación extrínseca en el mosquito (base conceptual para modelos de riesgo). https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/24258893/
Infante González-Mohino, E., Rodríguez-Escolar, I., Balmori-de la Puente, A., Collado-Cuadrado, M., Carretón, E., Montoya-Alonso, J. A., Morchón, R. (2025) – Monthly analysis of the current risk of heartworm transmission in Portugal and Spain through ecological niche modeling as a control measure – Current Research in Parasitology & Vector-Borne Diseases – Modelización mensual del riesgo (ENM + generaciones del parásito) para España y Portugal con mapas útiles para orientar prevención y vigilancia. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2667114X25000901
Rodríguez-Escolar, I., Balmori-de la Puente, A., Infante González-Mohino, E., Collado-Cuadrado, M., Carretón, E., Montoya-Alonso, J. A., Morchón, R. (2025) – Assessment of the monthly risk of dirofilariosis infection in Europe and its projection to 2100 under climate change from a One Health perspective – Parasites & Vectors – Modelos de riesgo anual/mensual en Europa y proyección climática a 2100 (One Health), integrando idoneidad de vectores y número de generaciones. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/41310784/
Morchón, R., Carretón, E., González-Miguel, J., Mellado-Hernández, I. (2012) – Heartworm Disease (Dirofilaria immitis) and Their Vectors in Europe – New Distribution Trends – Frontiers in Physiology – Revisión sobre distribución en Europa, vectores y tendencias de expansión (incluye discusión de factores climáticos y de movimiento de animales). https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3372948/
Diosdado, A., Simón Martín, F., Morchón García, R., Montoya Alonso, J. A., Carretón Gómez, E., González Miguel, J. (2016) – Estatus actual de la distribución de la dirofilariosis animal y humana en España y Portugal – Argos (Zaragoza) – Síntesis divulgativa-profesional de la distribución y factores locales (regadíos, costa, islas) con datos de prevalencia y consideraciones zoonósicas. https://accedacris.ulpgc.es/handle/10553/73780
Simón-Martín, F., Montoya-Alonso, J. A. (Dirs.), Morchón, R., González-Miguel, J., Méndez, J., Carretón Gómez, E. (2012) – Dirofilariosis animal y humana: Una enfermedad en expansión – Profesión Veterinaria – Monografía/guía en español (USAL–ULPGC) sobre biología, epidemiología y visión “mosaico zoonósico” de la dirofilariosis. https://accedacris.ulpgc.es/bitstream/10553/57460/1/Dirofilariosis.pdf
American Heartworm Society (s. f.) – Heartworm Basics – American Heartworm Society (Recursos para propietarios) – Recurso práctico y didáctico para comprender lo esencial de la enfermedad, el papel del mosquito y las bases del control. https://www.heartwormsociety.org/pet-owner-resources/heartworm-basics
Companion Animal Parasite Council (CAPC) (2026) – Heartworm (Guidelines) – CAPC – Recomendaciones prácticas (diagnóstico, prevención y consideraciones clínicas) actualizadas para veterinarios/propietarios. https://capcvet.org/guidelines/heartworm/
American Heartworm Society (AHS) (2024) – Canine Heartworm Guidelines 2024 – American Heartworm Society (Guías clínicas) – Documento guía completo (prevención, diagnóstico y manejo) actualizado y usado como referencia clínica. https://d3ft8sckhnqim2.cloudfront.net/images/AHS_Canine_Guidelinesweb04APR2024.pdf