
Imagina que tu perro estornuda cada vez que come, o que sale comida por la nariz (literal). Suena a sketch cómico, pero en realidad puede tratarse de algo serio: una fístula oronasal. Ese nombre tan técnico no es otra cosa que un agujero anómalo entre la boca y la nariz, normalmente causado por un diente que se ha perdido o infectado… y que dejó la puerta abierta.
Las fístulas oronasales son comunicaciones anómalas entre la cavidad oral y la nasal que, en la mayoría de los casos, se desarrollan de forma insidiosa, incluso mucho antes de la pérdida del colmillo superior. Este proceso suele pasar desapercibido durante meses —o incluso años—, mientras el perro continúa con su vida aparentemente normal. De hecho, los propietarios se suelen dar cuenta solo cuando se cae un colmillo superior sin que la encía cierre bien. Detrás del diente, justo encima, está el suelo de la cavidad nasal. Si el hueso se ha reabsorbido por infección o periodontitis avanzada, se forma una conexión directa entre la boca y la nariz. En realidad, aparecen por la infección de la raíz del canino que va ganando terreno hacia dentro (más bien hacia arriba en este caso 🤭). La bacterias acaban atacando el hueso nasal ventral de la nariz y crean una apertura en la luz del conducto nasal.
Eso quiere decir que saliva, comida, bacterias y aire pueden pasar de un lado a otro… provocando inflamación, infecciones nasales crónicas y una serie de síntomas que parecen “raros” pero tienen una causa concreta.
Las fístulas no se cierran solas. Requieren una cirugía específica para reparar el defecto con un colgajo de tejido. Se realiza bajo anestesia y, con cuidados adecuados, tiene muy buen pronóstico. Eso sí, cuanto antes se detecta, menos complejo es el procedimiento.
Las fistulas oronasales, muy a menudo aparecen mucho antes de la perdida del colmillo superior y suelen quedar desapercibidas durante mucho tiempo. Mientras tanto, el animal está inhalando directamente la infección bucal. Con cada inspiración, las bacterias orales se transportan por el flujo de aire hacia el tracto respiratorio inferior, colonizando primero la tráquea, luego los bronquios, y finalmente, si no se interviene a tiempo, los pulmones.
¿El resultado? Traqueítis, bronquitis y, en los casos más avanzados, neumonías “de la ostia” 🫢 (como diría más de un colega).
La detección temprana y el tratamiento quirúrgico adecuado son clave para evitar complicaciones respiratorias mayores. Porque sí, una simple fístula puede acabar siendo un verdadero dolor… pulmonar.