
Es muy habitual que, al observar ciertos comportamientos durante el celo —maullidos insistentes, inquietud, posturas de receptividad, incluso intentos de monta— muchos tutores concluyan que su perra o su gata “necesita aparearse” o “tiene ganas de ser madre”. La interpretación es comprensible (somos humanos y tendemos a leer la conducta en clave humana), pero no describe con precisión lo que está ocurriendo en el organismo del animal.
En la hembra doméstica, la conducta sexual no nace de un deseo consciente, ni de una carencia emocional, ni de una “frustración” por no tener crías. Lo que manda aquí es la biología. Estos comportamientos están impulsados por cambios hormonales cíclicos que activan programas de conducta muy antiguos, diseñados por la evolución con un objetivo claro y simple: facilitar la reproducción.
Desde un punto de vista fisiológico, durante el celo se produce un aumento significativo de la concentración plasmática de estradiol, hormona directamente relacionada con la aparición de conductas de receptividad. En estudios endocrinológicos en perras, se ha observado que los niveles de estrógenos pueden multiplicarse por más de 10 veces respecto a la fase de anestro, coincidiendo con los cambios conductuales más evidentes. En gatas, la estimulación hormonal repetida puede provocar múltiples ciclos de celo en una misma temporada, especialmente en ambientes domésticos con fotoperiodo artificial.
Dicho de forma directa: no es “quiero ser mamá”, es “mi organismo ha entrado en modo reproducción”. Y entender esta diferencia cambia por completo la forma de interpretar lo que ocurre… y también cómo se gestiona en casa, sin culpa ni dramatismo. Por ejemplo, cuando una gata entra en celo y vocaliza de manera intensa, no conviene “regañarla”, ya que se ha demostrado que el estrés ambiental incrementa la liberación de cortisol, lo que puede prolongar o intensificar las manifestaciones conductuales. Suele funcionar mejor reducir estímulos, mantener rutinas estables y ofrecer actividades que permitan canalizar esa activación biológica. En perros, aumentar paseos olfativos y disminuir la exigencia cognitiva durante los picos hormonales se asocia a una reducción medible de conductas de inquietud.
Durante el ciclo sexual se producen modificaciones complejas en el eje hipotálamo–hipófisis–ovario, un sistema neuroendocrino que coordina la actividad reproductiva. En este proceso intervienen hormonas clave como los estrógenos y la progesterona, además de neuromoduladores que influyen directamente en la conducta.
A diferencia de la hembra, el macho no experimenta un ciclo estral propio: sus elevaciones de excitación y marcaje responden a las feromonas que emiten las hembras en celo. Dato veterinario común de comportamiento reproductivo.
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Los estrógenos favorecen la receptividad sexual, la vocalización y la búsqueda de contacto. La progesterona, predominante tras la ovulación, modifica tanto la fisiología uterina como el estado general del animal. En estudios experimentales se ha demostrado que la progesterona ejerce un efecto modulador sobre el sistema nervioso central, con influencia sobre la tolerancia al estrés y el comportamiento social.
Además, la oxitocina, hormona relacionada con el apego y la interacción social, puede aumentar durante determinadas fases del ciclo, lo que explica por qué algunas hembras se muestran más demandantes o “pegajosas”. Sin embargo, esto no implica una necesidad emocional de maternidad, sino una respuesta neuroendocrina transitoria. De hecho, cuando se comparan hembras esterilizadas con hembras enteras, las primeras muestran niveles más estables de comportamiento afiliativo a lo largo del año.
En la práctica clínica, esto significa que durante el celo el umbral de excitación disminuye. Estudios de comportamiento han mostrado que perras en estro presentan mayor distractibilidad y menor capacidad de respuesta a órdenes complejas, sin que ello refleje pérdida de aprendizaje. Por eso, reducir la exigencia y mantener rutinas sencillas durante esta fase no solo es razonable, sino que mejora la convivencia y disminuye conflictos.
Cuando una hembra entra en la fase fértil, su cuerpo emite señales químicas y conductuales y, al mismo tiempo, se vuelve más receptivo a la cópula. Estas conductas, que a menudo se interpretan como “intencionales”, son en realidad respuestas reflejas mediadas por hormonas.
En roedores, estudios clásicos sobre la exposición a feromonas muestran que la presencia de orina de hembras embarazadas puede alargar los ciclos estrales de otras. Esto destaca cómo los químicos ambientales modifican fisiología reproductiva.
En las gatas es muy frecuente la lordosis, acompañada de vocalizaciones intensas. Se ha observado que, en gatas no esterilizadas que viven en interior, los episodios de vocalización nocturna pueden repetirse cada 2–3 semanas, y que la duración del celo puede prolongarse más de 7–10 días si no se produce ovulación. Este patrón repetitivo explica por qué muchos tutores refieren agotamiento y alteración del sueño familiar.
En estos casos, el manejo ambiental tiene un impacto real: estudios sobre enriquecimiento ambiental muestran que el juego estructurado seguido de una pequeña ingesta alimentaria puede reducir significativamente la duración de la actividad vocal posterior, al favorecer la transición hacia estados de reposo.
En las perras, el celo se acompaña de una fase fértil relativamente corta, pero con cambios conductuales marcados. Se ha documentado un aumento de intentos de fuga y de interacción con machos, lo que explica que una proporción significativa de gestaciones no deseadas ocurra durante paseos rutinarios. De hecho, encuestas veterinarias europeas estiman que más del 60 % de las camadas accidentales se producen por escapes breves y no planificados durante el estro.
Comprender que estas conductas no son decisiones conscientes permite actuar con prevención práctica: control de entornos, paseos más vigilados y reducción de estímulos olfativos intensos. No se trata de “corregir” al animal, sino de protegerlo de un contexto que amplifica una respuesta biológica.
En animales, el impulso reproductivo no responde a un deseo narrativo ni a un proyecto emocional. La hembra entra en celo cuando su organismo está preparado para la fecundación. Esto no implica que “quiera ser madre” ni que su bienestar dependa de tener crías.
De hecho, estudios comparativos han demostrado que hembras esterilizadas no presentan mayor incidencia de trastornos de comportamiento atribuibles a “frustración reproductiva”. Por el contrario, la repetición continua de ciclos hormonales se asocia a un mayor riesgo de patologías reproductivas, como hiperplasia endometrial quística o piómetra. En perras enteras, el riesgo acumulado de piómetra puede alcanzar hasta un 25 % antes de los 10 años de edad, cifra que da una dimensión clara al impacto sanitario de mantener ciclos repetidos sin reproducción.
Desde el punto de vista conductual, anotar la frecuencia y la intensidad de los celos permite objetivar su impacto. Cuando cada ciclo implica insomnio familiar, intentos de escape o conflictos entre animales, no estamos ante un fenómeno neutro, sino ante un factor que reduce la calidad de vida, tanto del animal como de su entorno.
“Parece ansiedad”, pero no lo es: activación hormonal y conducta
Durante el celo, muchas hembras presentan conductas que se confunden con ansiedad. Sin embargo, desde la etología, estas manifestaciones encajan mejor con un aumento del arousal fisiológico y de la conducta de búsqueda.
El organismo entra en un estado de alerta reproductiva sostenida, con incremento de actividad motora y vocal. Estudios de comportamiento han mostrado que esta activación desaparece de forma estable tras la esterilización, mientras que las intervenciones puramente conductuales, sin modificar el eje hormonal, solo logran efectos parciales y transitorios.
Por eso, estrategias prácticas como redirigir la conducta hacia actividades de olfato o juego controlado funcionan mejor que la corrección directa. En gatas, la combinación de enriquecimiento ambiental y control hormonal reduce de forma significativa la frecuencia de vocalizaciones persistentes. En perras, el descenso de conductas asociadas al celo tras la esterilización es uno de los motivos más citados por los tutores como mejora principal en encuestas postquirúrgicas.
Interrumpir el ciclo no es “quitarle algo”: es reducir presión biológica
Desde un punto de vista sanitario, la esterilización interrumpe el ciclo hormonal y reduce de forma drástica las conductas asociadas al celo. No se trata solo de evitar camadas, sino de prevención médica y bienestar.
Los datos son claros: la esterilización elimina prácticamente el riesgo de piómetra y reduce de forma significativa la incidencia de tumores mamarios cuando se realiza antes de los primeros celos. A nivel conductual, más del 80 % de los tutores refieren una mejora clara en la estabilidad del comportamiento tras la intervención, especialmente en gatas con celos repetitivos.
Es importante subrayar que la decisión no es solo “sí o no”, sino también cuándo y cómo. Una evaluación veterinaria individualizada permite elegir el momento óptimo y minimizar riesgos. Tras la cirugía, mantener rutinas calmadas y un entorno controlado ayuda a que los cambios hormonales se traduzcan más rápidamente en estabilidad conductual.
Idea clave para tutores con corazón… y cabeza ❤️🧠
La conducta sexual no es una elección, es una respuesta fisiológica. No existe un trauma por no reproducirse. Lo que sí existe, cuando los ciclos se repiten, es una presión hormonal constante que puede afectar al bienestar.
Consejo veterinario de oro: llevar un registro de fechas y síntomas del celo.”
Anotar fechas, duraciones y comportamientos durante cada ciclo permite a tu veterinario personalizar recomendaciones y decidir el mejor momento para esterilización o manejo médico.
Entender esto permite tomar decisiones basadas en datos, salud y prevención, sin mitos ni culpa, y acompañar al animal con medidas prácticas mientras se decide el mejor abordaje.
Fuentes y lecturas recomendadas
Concannon P. Reproductive cycles of the domestic bitch. Biology of Reproduction. Revisión detallada del ciclo estral y sus implicaciones hormonales. https://academic.oup.com/biolreprod/article/84/3/465/2530132
Root Kustritz M.V. Clinical management of estrus in the bitch and queen. Theriogenology. Análisis clínico del comportamiento y manejo del celo. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0093691X14000668
Johnston S.D., Root Kustritz M.V., Olson P.N. Canine and Feline Theriogenology. Saunders Elsevier. Referencia clásica sobre fisiología reproductiva y conducta. https://www.elsevier.com/books/canine-and-feline-theriogenology/9780721686879
Jitpean S. et al. Incidence of pyometra in dogs. Acta Veterinaria Scandinavica. Estudio epidemiológico sobre riesgo acumulado de piómetra. https://actavetscand.biomedcentral.com/articles/10.1186/1751-0147-54-18
Howe L.M. Short-term results and complications of prepubertal gonadectomy. Journal of the American Veterinary Medical Association. Impacto sanitario y conductual de la esterilización. https://avmajournals.avma.org/view/journals/javma/211/1/javma.1997.211.1.57.xml